¿Qué tiene el deporte que iguala a gente habitualmente normal, e incluso inteligente, con auténticos cafres?

Entre Ra y Cristo Rey: unos apuntes navideños

26/12/2025

¡Paparruchas!

Mister Scrooge

¿A ustedes no se les ha transformado en los últimos años el WhatsApp en una especie de centro de reunión de dementes? Yo tengo la sensación de que buena parte de mis conocidos han perdido completamente la razón. Lo digo diplomáticamente, porque probablemente muchos de ellos me lean y se pregunten: “¿Hablas de mí, maestro?”, a lo que yo, necesariamente, he de responder: “Sí, merluzo, es muy probable que esté hablando de ti, pero tú sabrás”.

Tengo, a un lado, a toda una partida de desnortados que ya desde hace unos años, en Navidad, mandan unas extrañas y acrónicas felicitaciones en las que celebran el advenimiento de Ra, el solsticio de invierno y sandeces similares, y si les dices algo, te responden que el solsticio de invierno (y, por supuesto, el advenimiento de Ra) es muy anterior al cristianismo, que ya lo celebraban los romanos (aunque si les preguntas quién era Escipión el Africano se solidarizan inmediatamente con él por su travesía en patera) y que los cristianos sólo lo único que han hecho es apropiarse de esas históricas celebraciones previas y cancelarlas. Yo, cada vez que recibo una de estas felicitaciones, pienso: hala, otro que ha perdido cantidades masivas de neuronas este año…

Pero es que, al otro lado, hay una partida de hipócritas que mandan por Navidad unas innecesarias y sobrecargadas felicitaciones que, con un antipático barroquismo verbal de carácter religioso, destilan una religiosidad que se ve a la legua que es más exhibición, dardo e imposición que fe sincera. Este año, el más conspicuo de mis conocidos ha acompañado su felicitación de un siniestro “¡Viva Cristo Rey!”. Me ha costado mucho no contestarle como merece, y no lo he hecho sólo por mantener la paz en el grupo. En cualquier caso, yo no puedo evitarlo y, cuando leo estas felicitaciones, pienso un poco en la persona que me las manda y, por ser generosos, lo que suelo encontrar es muy poca fe y mucha rabia cada vez menos contenida.

Y luego estamos los que hacemos lo que hemos hecho toda la vida: creyentes o no, nos felicitamos unos a otros la Navidad, o las fiestas, y la semana que viene el Año Nuevo. Porque es lo que celebramos en realidad, y lo que hemos celebrado siempre no es otra cosa que la Navidad. Y, por supuesto, y sobre todo, la vida, porque es lo que realmente tenemos que celebrar, incluso cuando se acaba. Sobre todo, cuando se acaba.

Ah, y casi me olvido de los del medio, los Scrooges: esa gente que decidió hace décadas dejar de celebrar la Navidad para siempre porque un día murieron sus padres o perdieron a la abuelita María, como si el duelo fuera hereditario y la vida tuviera que quedar congelada en formol, como si sus propios padres y la abuelita María no hubieran celebrado la Navidad hasta el fin de sus días, a pesar de haber perdido también ellos a familiares. No hablo de quien ha tenido una pérdida reciente, sino de esos tristes personajes congelados en una melancolía fosilizada —y forzada— que se exhibe año tras año con cierta superioridad moral, como si celebrar algo fuera una traición y no, sencillamente, una forma de seguir vivos y un pretexto para comernos todo lo que nos pase por delante.

En fin, ¡feliz Navidad a todas y todos!