A mí, el tomate frito me gusta muy dulce, por eso le pongo tres cucharadas soperas de azúcar por medio kilo de tomate.

La foto es de EFE/Biel Aliño

Lo de Rufián

17/02/2026

“Yo lo que digo es que las fuerzas soberanistas, independentistas, nacionalistas, autodeterministas… quizá tenemos que dejar de dejar que lidere esto Madrid o partidos de Madrid… Lo digo con mucho respeto y tenemos que liderar otro tipo de cosas”

Gabriel Rufián, 10/2/2026

Al final, a Gabriel Rufián se le han visto las costuras: no era tanto frenar al fascismo “que nos come por los pies” (que también), como lanzar una OPA hostil sobre el bloque de la izquierda aprovechando su debilidad. No ha hecho falta más que un gesto para desmentir sus palabras y dejar al descubierto otro discurso hueco y oportunista. En política, estos gestos no son cortesía: son señales. Y Rufián ha sido incapaz de corresponder al conglomerado en torno a Sumar, varias de cuyas líderes anunciaron su presencia en el acto conjunto con Emilio Delgado: un gesto de amistad y fraternidad, un aval político en toda regla, precisamente cuando Delgado prepara su salto a unas primarias para disputarle a Mónica García la candidatura autonómica.

Si los partidos independentistas (o Rufián, mejor, porque parece que ni Bildu, ni ERC ni BNG están en esa idea) quieren montar algún tipo de aparato político que les permita recoger votos en las circunscripciones donde no hay partidos independentistas, deberían decirlo claramente, porque es un objetivo legítimo, y en las elecciones europeas funciona sin problema. Pero lo que no deben hacer es intentar parasitar a la izquierda española para ello, amparándose en el objetivo, ya sabemos que falso o, al menos, secundario para Rufián, de contribuir a frenar el avance de Vox y evitar la formación de un gobierno que incluya a Abascal como ministro del Interior, que es el espantajo que agita ante la izquierda española.

Yo no descartaría apoyar unas candidaturas que fueran el resultado de una colaboración honesta, transparente, sincera y fraternal de todas las izquierdas, incluyendo las independentistas. Eso, sin tantos adjetivos, ha funcionado, si bien cogido con hilos, durante legislatura y media. No faltaríamos a la verdad si dijéramos que una de las fuerzas independentistas (Bildu, no ERC) ha hecho gala de mucha más lealtad con el Gobierno progresista de coalición que, por ejemplo, Podemos, y desde luego que ERC, Compromís, o incluso la Chunta. Pero esas candidaturas requerirían mucha negociación en torno, principalmente, a tres cosas: un programa realista, viable y asumido por todas las partes; unas candidaturas presentables, no guiadas por ambiciones personales; y un compromiso de estabilidad al menos para toda la legislatura.

El caso es que la no asistencia de Rufián y Delgado al acto de Sumar del próximo día 21 pone de manifiesto que no es de eso de lo que estaba hablando Rufián, sino de la creación de una izquierda que, en realidad, no sea otra cosa que un conglomerado de partidos independentistas con una pata en Madrid, donde se disputan nada menos que 37 diputados al Congreso. Y ahí estaba el triste papel que quedaba reservado a Delgado. Rufián simplemente buscaba una parte de ese pastel parlamentario gratis, sin necesidad de acordar nada con nadie (“esto no lo puede dirigir Madrid”, ha señalado) y ponerlo al servicio de los intereses de ERC o incluso de los suyos propios. En fin, para mí ha sido un poco sorprendente, porque, aunque profeso muy poca simpatía al independentismo, y mucha menos al catalán, Rufián me parecía un tipo al que hay que escuchar. Ahora creo que con vigilarle es suficiente.

¿Cómo queda, pues, la cosa? Tenemos que confiar en que Sumar, Izquierda Unida, Más Madrid, Compromís, Chunta y otras fuerzas políticas sean capaces de conformar algo que esta vez funcione y garantice una estabilidad parlamentaria duradera y un programa de gobierno viable que sea aceptado por todas las partes y que no pueda romperse en cualquier momento por una ocurrencia de alguna de esas fuerzas, como Compromís o Chunta, que están a medio camino entre el independentismo y el federalismo y que tienden, en especial en la segunda parte de la legislatura, a romper acuerdos generales para favorecer intereses particulares de sus electorados. Igualmente, hay que huir de tentaciones izquierdistas en el discurso, en especial en temas internacionales, que nos lleven a la irrelevancia política y nos confundan, creyendo que estamos en el mundo de los años 80.

¿Cómo me gustaría llegar a las próximas elecciones generales? Me gustaría poder votar una candidatura que lleve un programa político de gobierno progresista, europeísta, social y viable, en la línea de lo que se ha hecho en estas dos legislaturas y que ha funcionado muy bien; además, me gustaría que las candidaturas no se conformaran en un ambiente de guerra interna o entre los partidos que confluyen en ellas, y que todos estos partidos llegaran a un acuerdo de estabilidad parlamentaria que necesariamente se ha de regir por el programa acordado. La estabilidad parlamentaria no se puede romper cada año en la negociación de los presupuestos porque haya quien crea que cada año se renegocia el acuerdo de gobierno. Solo así podremos evitar la frustración que estamos sintiendo desde hace meses porque tenemos cosas preparadas que no pasan el trámite parlamentario, porque quien apoyó en su día ya no apoya o amenaza todo el rato con no apoyar para “sacar más”.

Y si fuera un votante vasco o catalán, me gustaría llegar a las elecciones sabiendo que, vote lo que vote -independentismo progresista o izquierda española-, los diputados y diputadas elegidos van a garantizar estas dos cosas: programa de gobierno y estabilidad parlamentaria.

Porque hay que neutralizar a Vox, sí, pero también hay que neutralizar a Junts; y porque hay que frenar el fascismo y a la extrema derecha, pero no solo en Córdoba, en Murcia o en Madrid: en Cataluña también. Y no están los catalanes, precisamente, para dar muchas lecciones de cómo se frena el fascismo.