Roma no paga a traidores, pero la derecha española siempre encuentra traidores útiles. En 2020 apareció el caso Neurona, fabricado a partir de las acusaciones de un exabogado despedido de Podemos, y Pablo Casado se calzó enseguida el uniforme de enterrador del Oeste que tan bien le quedaba para ponerse a esparcir toda la mierda que le llegaba en sacos. El PP habló de “caja B” de Podemos como si hubiera dado con una Gürtel morada, aunque la caja B real, la de los sobres, la del misterioso M. Rajoy y la de la contabilidad creativa con olor a Génova, estuviera en su propia casa.
El ariete no se conformó con Neurona. Sembró una ristra de acusaciones: sobresueldos, reforma de la sede, fondo de solidaridad, caso niñera, apropiación de costas, manipulaciones procesales y relaciones impropias. Todo servía. Cualquier cosa. Una factura, una obra, una niñera, una sospecha, un rumor… Los tertulianos con babero y los patriotas de pulserita y saldo moral explicaban circunspectos que aquello era una organización criminal disfrazada de partido. Luego llegó la realidad, lenta, antipática y muy poco televisiva: las piezas fueron cayendo, una tras otra, archivadas. Nada. Cero. Humo judicializado. Pero no lawfare, claro. Eso no existe. Solo casualidades con toga y puñetas.
No hemos visto a Casado pedir disculpas por aquella campaña de injurias contra un partido nuevo y limpio, ni a los calumniadores profesionales del PP reconocer que fingieron confundir indicio con condena porque les convenía, ni a los imbéciles del “cuando el río suena” admitir que muchas veces lo que suena no es el río, sino una cloaca con amplificador. No necesitaban ganar en los tribunales. Les bastaba con ganar unos cuantos meses de olor a mierda. Luego, justicia poética, triste, pero poética, a Casado le llegó su San Martín a manos de Ayuso.
Pero esa es otra historia…
Lean aqui la historia de la fabricacion de pruebas falsas contra Podemos.