¿Saben ustedes si hay tirantes para tanga?

Imagen creada mediante inteligencia artifical.

Gudbai, masculinidad

25/04/2026

Ser hombre es ser importante

Josep Vicent Marques

Lo que voy a hacer a continuación es muy masculino. Tanto, que es posible que la propia forma de decirlo contradiga lo que digo, porque, efectivamente, me pongo en el centro, al modo del héroe -en este caso, quizás, antihéroe- masculino que viene a salvar la situación y a restaurar el orden de las cosas. En mi descargo preventivo diré que esto es mi blog y que siempre -quienes me leen lo saben- estoy en el centro, y también que lo que sigue no es fruto de lecturas y reflexiones sino de mi historia y mi experiencia personal. Porque lo personal es político, aunque excusatio non petita

Siempre me he sentido incómodo tanto con la palabra como con la propia idea de la masculinidad, aunque nunca he sabido explicar por qué.  Ni cuando aparece en boca de reaccionarios que la invocan como una fortaleza asediada, ni cuando aparece en discursos más amables o progresistas que proponen reconstruirla, reformarla, volverla más sana, más cuidadora, más consciente, más dialogante, más presentable. Siempre me ha producido una cierta disonancia, una incomodidad difícil de concretar sobre el papel. En realidad, creo que nunca he conseguido entender muy bien qué es la masculinidad.

Durante mucho tiempo pensé que esa incomodidad tenía que ver con una simple prevención hacia determinadas versiones de lo masculino: las más burdas, las más agresivas, las más violentas, las más ridículas, las más pueriles, las que huelen a Varón Dandy, en definitiva. Creía que el problema era ese. Que había una masculinidad mala, tosca o dañina, y que la tarea consistía en dejarla atrás, limarla, corregirla, domesticarla. Bueno, pues cada vez me lo creo menos.

Estoy convencido de que lo que me incomoda no son sólo ciertas formas de masculinidad, sino la propia idea de la masculinidad. No ya como repertorio de vicios, sino como identidad. Como aspiración. Como ideal. Como esa exigencia, a veces explícita y a veces casi invisible, de tener que conseguir ciertas metas en la vida en cuanto a algo tan prosaico, ordinario y poco meritorio como la realidad biológica que te define como hombre.

El problema no es sólo qué masculinidad se ofrece, sino el hecho mismo de que se siga dando por supuesto que hay algo llamado masculinidad que deba ser habitado, rehecho, transmitido o salvado. No es una intuición que me haya caído del cielo, ni una ocurrencia reciente. Más bien al contrario: tengo la impresión de que llevaba muchos años rondándome por debajo del lenguaje, sin terminar de verla con claridad.

Desde muy joven, probablemente desde la adolescencia, empecé a cuestionar de manera más o menos confusa y poco o nada consciente aquello que se suponía que eran los valores masculinos. No hubo mérito. Hubo afán de supervivencia, y me cuesta aún escribir sobre ello, pero no hubo ni motivos elevados ni mucho menos una conciencia feminista precoz.

La verdad fue bastante menos épica y bastante más vulgar. En una etapa de la vida en la que para muchos chicos “ligar” parece convertirse en el centro del universo, en lo que les da prestigio en la manada ante la que pueden exponer las piezas cobradas, yo “no me comía un rosco”, por expresarlo con cierta vulgaridad. Era tímido, apocado y encarnaba la negación misma de muchas de las cualidades que el imaginario adolescente -y no tan adolescente- asocia a la masculinidad: fuerza, decisión, seguridad, liderazgo, competitividad, violencia real o simbólica… No pertenecía al grupo de los machos alfa ni aspiraba demasiado a integrarme en él. Por supuesto, las chicas no se fijaban en mí. O eso pensaba yo, porque luego supe que eso no era del todo realidad…

Sin embargo, en lugar de reaccionar contra ellas, en lugar de convertir esa frustración en resentimiento, a modo de un incel precursor, lo que hice fue otra cosa: retirarme de ese frente y desplazarme hacia otros territorios. Si aquello no era para mí, ¿por qué iba a lamentar constantemente algo que no sentía a mi alcance?

Me dediqué entonces a otras cosas. Leí mucho, escuché mucha música, clásica, sobre todo, escribí, me entregué al activismo político. Tenía una vida interior intensa, pero la exterior era bastante aburrida… eran los años 80, pero yo la Movida la vi por la tele, y ni ganas de verla de otra manera, y ni hubo grandes fiestas, ni borracheras, ni drogas. Ni tabaco había… Lo que sí había era peregrinajes por bares y tabernas de Madrid, mucha oreja a la plancha, muchos zarajos de Cuenca y muchas patatas bravas… Me junté con un grupo de amigos que, cada uno a su manera, también habitaban un poco en los márgenes de lo que se esperaba de unos “hombrecitos”. Éramos los raros del cole. Y, además, lo cultivábamos, porque era una forma de sentirnos moralmente superiores al clan de los gallitos. Nos refugiábamos los unos en los otros y encontrábamos ahí un espacio respirable. Éramos un poco ridículos, la verdad…

No había una teoría, ni una decisión consciente. No éramos contestatarios. Es, sencillamente, que no podíamos (y, además, nos daba cierta pereza) ser gallitos. Había, más bien, una mezcla de temperamento, desplazamiento, herida narcisista, orgullo defensivo y rechazo puramente intuitivo e inconsciente de aquello que se presentaba como lo masculino, “cosa de hombres”, aunque en aquel momento ni lo expresaba ni lo entendía así. Pero la dirección de fondo estaba ya ahí: en vez de admirar la masculinidad triunfante, empecé a verla como algo ajeno e intuitivamente indeseado.

Con los años, esa intuición fue tomando forma en palabras. Recuerdo que influyeron mucho en mí, por ejemplo, las columnas de Josep Vicent Marqués en el colorín de El País. Eran, en cierto modo, feminismo para hombres y estaban escritas con una mezcla de inteligencia, claridad, ironía y sentido del humor que me encantaba. Las esperaba ansioso toda la semana.

Durante décadas, nunca me he atrevido, sin embargo, a llamarme feminista. Eso he empezado a hacerlo ahora, en los últimos cinco o seis años. Cuanto más aprendía y leía sobre feminismo, menos cómodo me sentía con la idea de proclamarme feminista. No porque me sintiera ajeno a él sino, precisamente, por lo contrario: porque iba entendiendo lo que implicaba. Porque cada vez me parecía más evidente que no bastaba con asumir unas ideas generales, ni con apoyar unas leyes, ni con estar en contra de la violencia machista, ni con repetir un vocabulario más o menos correcto. No bastaba la comprensión racional o intelectual del feminismo, ni con compartirlo políticamente. El feminismo implicaba cambios personales.

El feminismo también libera a los hombres

Con los años entendí, además, que muchos de los objetivos del feminismo -por no decir todos- eran también liberadores para los hombres, sobre todo en el terreno personal, que es un terreno eminentemente político. El patriarcado, no ya como entelequia histórica, sino como estructuración institucional de la desigualdad, no sólo jerarquiza, también deforma. No sólo privilegia, también mutila. Y algunos hombres, especialmente los que nunca encajamos bien en el modelo, percibimos esa deformación con una mezcla extraña de alivio, vergüenza y reconocimiento cuando empezamos a ponerle nombre.

Esta idea no desplaza hacia un supuesto drama interior del varón el problema material y político de la desigualdad real entre hombres y mujeres, que aún no está conjurada. Si acaso, trata de pensar una de sus raíces subjetivas, uno de los lugares donde la desigualdad se encarna, se justifica y se reproduce. Porque la masculinidad es la semilla de la desigualdad.

Comprendí entonces, no sólo de manera racional sino de una forma mucho más íntima, aquello de que lo personal es político. Aunque no terminé de darme cuenta de la profundidad de la expresión y de su carga política hasta muchos años más tarde, cuando dejé de entender la política como épica, como gran relato, como gesta, como escenario heroico en el que tantos hombres, de derechas y de izquierdas, se sienten tan a gusto. Con el tiempo he llegado a pensar que a la política le sobra mucha épica y le falta mucha atención a lo pequeño, a lo concreto, a esa vida micro que no entra en los grandes discursos macro. Y esa épica tiene a menudo algo profundamente masculino. Lo digo sin superioridad: yo también he sido bastante épico.

La liberación de no tener que ser hombre

Mucho tiempo después, y esto es ya bastante más reciente, empecé a darme cuenta de otra cosa. Cuando la necesidad de gustar o de ser validado por las mujeres pierde parte de su fuerza inmediata, cambia también la mirada. O al menos puede cambiar.

Y entonces me encontré pensando algo que quizá no resulte fácil decir en voz alta, pero que todos sentimos, o intuimos, al menos, aunque no queramos expresarlo: la masculinidad, como identidad, como modelo social, como forma de socialización para los varones produce con demasiada frecuencia seres más cerrados, más blindados, más previsibles emocionalmente, menos atentos a sí mismos y a los otros.

¿Por qué escribo esto y, sobre todo, por qué lo escribo en público? La razón principal por la que he escrito toda mi vida es para entender el mundo y para entenderme a mí mismo. Y ya que lo he escrito, pues lo publico. Si consigo poner en palabras, en forma de discurso coherente, la nebulosa que llevo siempre en la cabeza, consigo domesticarla. ¿Qué parte de este interés por pensar públicamente estas cuestiones nace de una convicción real, y qué parte puede seguir naciendo del deseo de reconocimiento y validación?

La sospecha me acompaña y creo que hago bien en ir de su brazo. Sería muy cómodo presentarse como alguien desinteresado y ajeno al deseo de aprobación. Pero no lo soy. Quienes me leen habitualmente saben que mi ego me precede y que me considero a mí mismo uno de mis temas favoritos de conversación.  Este blog es un monumento que le levanto yo mismo a mi ego.

Y aquí aparece otra trampa muy actual: la del hombre que convierte su propia revisión -otro concepto, el de revisarse, que tiene más de show o performance, como se dice ahora, que realidad- en un pequeño espectáculo moral, en una exhibición de sensibilidad, en un modo de seguir ocupando el centro, sólo que ahora con lenguaje depurado, mejores modales. El viejo macho alfa de siempre, pero con perspectiva de género.

¿Hay nuevas masculinidades?

Si la idea de masculinidad y la palabra que la encarna me producen desazón e incomodidad, ya cuando hablamos de “masculinidades alternativas” o de repensar la masculinidad en términos más sanos, más igualitarios, más habitables, la sensación de estar al margen de la realidad se hace insoportable.

El problema de “repensar la masculinidad” es que hay poco que repensar. La masculinidad es la forma de estar en el mundo en tanto que eres un hombre. En el solo hecho de creer que se puede hacer tal cosa, ya hay una necesidad de establecer una diferenciación social entre hombres y mujeres y, por lo tanto, está sembrada la semilla de la desigualdad. Repensar la masculinidad es como cambiarle la tapicería al sofá. Se le quita la violencia más grosera, se le pone vocabulario emocional, se le añade una capa de cuidados, se le prohíbe interrumpir tanto y explicar cosas, y hala, ya tenemos “hombre nuevo”.

Pero el centro sigue ahí: la necesidad de ser alguien en cuanto hombre, de ejecutar una forma específicamente masculina de estar en el mundo… El ser hombre como meta, el ser hombre como aspiración… ¿Cuál es exactamente la necesidad de ser hombre? ¿Y la de ser rubio o bizco? ¿Qué es exactamente ser hombre más allá de haber nacido con unos atributos biológicos determinados? ¿Cuándo un ser que nace con pene y testículos se convierte en algo masculino, esencialmente diferente de quienes no disponen de tan meritorios atributos? ¿Cuando le visten de azul? ¿Cuando le regañan por llorar o se ríen de él porque le gusta jugar con muñecas? Yo es que no quiero que ser “un hombre” constituya la columna vertebral de mi identidad. Ni siquiera ser un “hombre enrollado”.

La masculinidad, como estructura normativa, como ideal de posición en el mundo, como identidad, está tan contaminada por el afán de dominio, la disociación afectiva, la dureza impostada, la seguridad, la ambición desproporcionada, el afán de centralidad, la competitividad agresiva y la exaltación de la independencia, que no merece reforma sino demolición.

Y sí: la palabra puede parecer excesiva. Muy masculina, incluso. Destructiva. Épica. Y seguramente lo es. Cuando digo demolición no hablo de abolir a los varones, ni de negar el cuerpo, ni de fingir que el sexo no existe. Hablo de otra cosa: de romper con la (auto)exigencia de tener que convertirse en un sujeto reconocible como hombre en un sentido denso, identitario, casi moral. Hablo de abolir la masculinidad como identidad y de dejarnos de gaitas de nuevas masculinidades más educadas o más decentes. Si hay masculinidad más allá de la biología, hay desigualdad. Aunque nos reunamos muchos hombres en círculos progres que huelen a testosterona más que un club inglés, a explicarnos los unos a los otros con expresión beatífica que “ayudamos en casa”. Por cierto, fórmula -oída tantas veces- duele.

Me invitaron una vez a uno de esos círculos y me fui espantado, presa de la vergüenza tanto propia como ajena. Demasiadas propuestas de “nuevas masculinidades” acaban funcionando como operaciones de salvamento. No destruyen el mecanismo. Lo administran. Lo actualizan. Lo vuelven más presentable. Conservan el centro mientras corrigen la superficie.

Una hipótesis, no una absolución

Escribo con miedo, y también con un poco de vergüenza. Lo he explicado más arriba. Sé que habrá quienes, sin acabar de leer el post, van a simplificar y van a concluir: “Ah, claro, eres feminista porque no ligabas de pequeño, y estás a ver si ligas ahora”. Bueno, los bobos nunca faltan.

Pero tampoco quiero ceder a la idea de que un hombre deba callarse siempre sobre estas cuestiones por miedo a que le acusen de exhibicionista, o como se dice ahora, de performativo. Si todos los hombres que intentan pensar su propia implicación en este orden simbólico se callan por temor a ser malinterpretados, entonces, al final, sólo hablarán los vendedores de “masculinidades sanas”, los onanopenitentes o los reaccionarios. Y ninguna de esas opciones me entusiasma.

Escribo, por tanto, desde una mezcla inevitable de convicción, necesidad de interlocución y sospecha sobre mí mismo. Ni pido absolución ni ofrezco ejemplo, porque seguro que aún quedan muchas pelusas por barrer, e incluso algunas escondidas bajo la alfombra. Tampoco pretendo sentar doctrina. Intento, simplemente, entender una incomodidad amorfa e indeterminada que con el tiempo ha ido tomando forma, una incomodidad sobre la que estos días, de pronto, se ha encendido una linterna que me ha permitido ponerla negro sobre blanco.